SIGUIENTE CUENTO



Maclovio, Pikos y Nonos se dirigieron hacia el río para ayudar a Tomasa pero pronto se dieron cuenta que la corriente había aumentado y que era muy difícil pasar a la otro orilla. Todos se pusieron a pensar cuál podría ser la solución.

Maclovio intentó volar para llevar el espejo pero era un poco pesado para su pico, después pensaron en amarrárselo en la espalda pero le impedía volar. También Pikos trató de cruzar el río pero la corriente se lo llevaba.

Juntos decidieron ir a buscar todas las piedras y ramas que pudieran encontrar, poco a poco las fueron colocando hasta formar un pequeño puente que ayudó para que Tomasa pudiera cruzar y dejar el espejo donde lo encontró.

Cuando Tomasa regresó decidieron quitar el puente que habían fabricado, pues con él alguien más podía encontrar el espejo, y lo mejor era no dejar tentaciones para los demás.

Tomasa había guardado el espejo mágico que encontró del otro lado del río, debajo de su cama, pero después de varios días de tenerlo ahí, comenzó a volver a usarlo. Un día, después de la escuela, sacó el espejo y se vio por un momento y rápidamente lo volvió a guardar, al día siguiente hizo lo mismo y otro día lo uso también antes de ir a dormir.

Tomasa estaba muy preocupada ya que no quería usar el espejo pues sabía que si lo hacía podría preocuparse más por cuidar su físico que por cuidar su corazón. Y ella no quería volver a ser una tortuga vanidosa.

Maclovio notó que su amiga Tomasa estaba preocupado. —¿Qué tienes?, le preguntó.

— Tengo un problema, dijo Tomasa muy seria.

— ¿Cuál?, Malcomió estaba sorprendido.

— Tengo algo que no quiero tener y no sé cómo deshacerme de él.

— ¡Cuéntame Tomasa! ¡Para eso son los amigos!

— Es un espejo que encontré a la otra orilla del río, pero es muy peligroso tenerlo, me da la tentación de verme en él más tiempo del necesario.

– Pues hay que ir a dejar ese espejo donde lo encontraste, le dijo Maclovio muy decidido, — ¡¡Todos ayudaremos!!